De los falsos mitos a la cultura de la participación en la gestión de las emergencias
La participación ciudadana está considerada como un elemento clave en la gestión de emergencias y desastres, ya que fortalece la prevención, la respuesta y la recuperación desde el ámbito comunitario, además de favorecer la corresponsabilidad de los efectos y las consecuencias. No obstante, a pesar de su relevancia, persisten diversas creencias erróneas que distorsionan su significado, limitan su aplicación efectiva y pueden promover enfoques sesgados, subestimar las capacidades comunitarias y generar desconfianzas.
Entre los discursos y las prácticas se han ido consolidando estereotipos, mitos y prejuicios, que forman parte de lo que Pierre Bourdieu llamaría hábitus, es decir, un sistema de “disposiciones” internas que adquirimos al crecer en un determinado entorno social e institucional y que influyen en cómo vemos el mundo, lo que consideramos “normal” o “posible”. El hábitus no solo organiza cómo actuamos individualmente, sino también cómo funcionan las instituciones y los profesionales dentro de ellas, ideas sobre quién sabe y puede aportar algo y quién no, así como establece jerarquías que terminan percibiéndose como naturales o incuestionables.
Estos mitos, prejuicios y estereotipos funcionan de manera pre-reflexiva (sin pensarlo) de forma que se reproducen los mismos patrones una y otra vez, influyendo en cómo se interpreta el papel de la ciudadanía en las emergencias. Podemos entender que el problema no es únicamente organizativo o técnico, sino también cultural. Las instituciones y los profesionales no deciden conscientemente excluir a la ciudadanía, simplemente actúan según lo que “les sale natural” en situaciones de presión, generando serias lagunas en la gestión de procesos complejos.
Si la participación es tan importante como se reconoce en el plano normativo y académico —porque amplía el conocimiento disponible, fortalece las redes de comunicación, mejora la comprensión de los riesgos y contribuye a construir estructuras comunitarias de respuesta— resulta imprescindible comprender qué factores dificultan su desarrollo efectivo.
En gran medida, estos mitos expresan la persistencia de un hábitus institucional construido alrededor de la jerarquía, la especialización y el control. Estas características son necesarias en numerosos momentos de la gestión de emergencias, pero pueden convertirse en limitaciones cuando impiden reconocer la naturaleza sistémica y relacional de los riesgos contemporáneos.
Los contextos de crisis funcionan a través de múltiples relaciones de interdependencia, retroalimentación y adaptación. Sin embargo, muchos de los estereotipos que persisten sobre la participación ciudadana proceden de modelos mentales lineales que tienden a invisibilizar estas dinámicas. Esta “ceguera sistémica” dificulta reconocer el valor que aportan los distintos actores, saberes y redes presentes en el territorio.
No se trata de entender la participación como una cuestión ética o normativa ("la gente debe participar"), sino como una cuestión de comprensión sistémica de la emergencia. La participación no es principalmente un valor democrático —aunque también lo sea— sino una condición funcional para que sistemas complejos puedan percibir, interpretar y responder adecuadamente a situaciones de incertidumbre.
La participación ciudadana no debe entenderse como una concesión, una estrategia de legitimación o un recurso complementario que se activa cuando resulta conveniente. Constituye una dimensión estructural de la resiliencia social y de la legitimidad democrática de las decisiones adoptadas en contextos de riesgo e incertidumbre. Allí donde existen comunidades organizadas, redes de confianza, conocimiento situado, canales de comunicación efectivos y espacios de colaboración entre instituciones y ciudadanía, los sistemas muestran una mayor capacidad para anticipar, adaptarse y recuperarse de las crisis.
El reto principal no consiste únicamente en incorporar metodologías participativas o crear nuevos espacios de consulta. Supone también revisar los modelos mentales desde los que interpretamos la relación entre instituciones, conocimiento y ciudadanía. Muchos de los obstáculos para la participación no se encuentran en la falta de normas o herramientas, sino en formas de comprender la gestión de emergencias que siguen reproduciendo separaciones artificiales entre expertos y población, entre decisión y colaboración, entre autoridad y participación.
Superar estas ideas erróneas exige desarrollar una auténtica cultura de la participación capaz de integrar saberes especializados y conocimiento situado, liderazgo y colaboración, coordinación institucional e iniciativa comunitaria. La participación no solo amplía las capacidades de respuesta, sino que favorece el aprendizaje colectivo necesario para adaptarse a riesgos cambiantes y contextos cada vez más inciertos.
El peor enemigo de la participación (y de la inteligencia colectiva), no son los modelos verticales de construcción de conocimiento y toma de decisiones, sino la seudoparticipación, es decir, acciones que en el nombre de la participación ciudadana ocultan formas de trabajo predecididas de forma que las personas se sienten utilizadas y se merma la eficacia de los procesos.
En última instancia, la cuestión no es si la ciudadanía debe participar en la gestión de emergencias. La cuestión sería cuestionar si los sistemas de emergencia pueden permitirse prescindir de una parte tan importante como la inteligencia colectiva, el conocimiento territorial y la capacidad de acción que posee la sociedad.
Nota
En el espacio “Ideas para el diálogo” de nuestra página web se ha incorporado un articulo denominado DESVELANDO MITOS Y ESTEREOTIPOS SOBRE LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA EN EMERGENCIAS, en el que se hace un mayor desarrollo de las ideas contenidas en este Editorial y se detalla el decálogo de mitos sobre participación ciudadana
La función de mando en los servicios de emergencias: Una cuestión de interés público
Existen situaciones que, cuando se repiten en el tiempo, dejan de ser episodios aislados y pasan a constituir señales relevantes para el funcionamiento de los servicios públicos. Una de ellas es la creciente dificultad para cubrir puestos de mando en los servicios de emergencias. No se trata de una circunstancia menor, sino de un indicio sobre cómo se percibe hoy el ejercicio de la responsabilidad dentro de organizaciones que dependen de ella para operar con eficacia. Que haya aspirantes para acceder al servicio y, al mismo tiempo, menos disposición a asumir funciones de dirección merece una reflexión detenida.
Durante años, esta renuncia a asumir mandos pudo interpretarse como un problema limitado a determinados escalones. Pero cuando el fenómeno empieza a extenderse también a los niveles básicos de responsabilidad, ya no cabe hablar de casos aislados. Lo que aparece es una tendencia. Y cuando esa tendencia afecta a la cadena de mando de un servicio público esencial, la pregunta ya no es solo cuántas vacantes quedan por cubrir, sino qué está fallando para que cada vez menos profesionales quieran dar ese paso.
Conviene decirlo con claridad: la calidad de un servicio público no depende solo de sus medios o de la vocación de sus plantillas. También depende, y mucho, de la calidad de sus mandos. De su preparación técnica, sí, pero también de su capacidad para organizar, decidir, anticiparse, coordinar y sostener a sus equipos en escenarios de presión. En un servicio de emergencias, un buen mando es una pieza crítica de la seguridad operativa, de la eficacia de la intervención y del cuidado de las personas.
Resulta especialmente significativo que los puestos de mando hayan perdido atractivo. Detrás de esa falta de interés no suele haber desafección hacia el servicio, sino una valoración racional de las condiciones asociadas al puesto: mayor carga de trabajo, elevada exposición, incremento de la presión y, en muchos casos, un reconocimiento insuficiente. Quien asume una función de mando no solo distribuye tareas. Toma decisiones que afectan a la seguridad de la dotación, al desarrollo de intervenciones complejas y, en ocasiones, a la protección de terceras personas. A ello se añade la gestión de tensiones internas, la necesidad de responder por incidencias ajenas y la exigencia permanente de sostener el funcionamiento del servicio.
Si esta situación se prolonga, sus efectos sobre la organización son previsibles. Los perfiles más valiosos pueden seguir comprometidos con el servicio y, sin embargo, optar por no asumir responsabilidades de mando. Ello reduce la capacidad de mejora, debilita la transmisión de experiencia y genera vacíos que después deben afrontarse con soluciones provisionales. Ningún servicio público debería considerar aceptable esa deriva, y menos aún uno en el que la coordinación, la rapidez de respuesta y la calidad de la decisión tienen una incidencia directa sobre la seguridad y la eficacia.
La cuestión de fondo no es únicamente cómo cubrir las plazas de mando, sino cómo fortalecer de nuevo esa función dentro de la organización. Para ello no bastan las apelaciones genéricas al liderazgo. Es necesario revisar condiciones, cargas, apoyos, formación, promoción y reconocimiento. También conviene valorar si el sistema está trasladando a los mandos un nivel de exigencia que no guarda proporción con los medios y respaldos disponibles. Abordar esta realidad exige una conversación rigurosa sobre el tipo de liderazgo que se necesita y sobre las condiciones que permitan que profesionales cualificados quieran asumirlo con garantías.
No se trata de presentar la función de mando como una tarea exenta de dificultad. Dirigir en emergencias comporta, por definición, un alto nivel de exigencia. Pero entre esa exigencia inherente al puesto y la pérdida de atractivo actual existe un espacio de análisis que la administración y las organizaciones deben atender. Si se quiere abordar con seriedad la calidad del servicio público, resulta imprescindible considerar también la situación de quienes lo sostienen desde la responsabilidad cotidiana. Sin una estructura de mando sólida, la vocación y el compromiso de las plantillas encuentran límites evidentes.
Conviene, por tanto, dejar de considerar este fenómeno como una mera dificultad de cobertura y abordarlo como una cuestión estratégica. Si cada vez menos profesionales desean asumir funciones de mando, el problema no reside necesariamente en la falta de capacidad, sino en las condiciones y mensajes que la propia organización proyecta sobre el ejercicio de esa responsabilidad. Corregir esta situación requerirá tiempo, pero su abordaje resulta inaplazable. En los servicios públicos esenciales, y de manera particular en los de emergencias, la función de mando debe ser exigente, pero también reconocida, acompañada y profesionalmente sostenible. Desde el Observatorio CERO (Ciudadanía, Emergencias, Riesgos y Oportunidades) consideramos necesario observar esta realidad, analizarla y exponerla a la ciudadanía, no como un asunto estrictamente interno, sino como una cuestión vinculada al interés general y a la calidad democrática de los servicios públicos.
La afectación al patrimonio cultural
Tras el largo periodo de intensas lluvias que han azotado a nuestro país, en las últimas semanas, el foco informativo se ha centrado en lo más llamativo: carreteras anegadas, infraestructuras colapsadas, viviendas dañadas, calles convertidas en ríos y cosechas perdidas. Las imágenes de puentes cortados y pedanías enteras embarradas ocupan portadas y miles de minutos de tertulias y telediarios. Sin embargo, en medio de este relato de la gran emergencia, hay un gran ausente la afectación al Patrimonio Cultural.
España no es solo territorio habitado; es territorio heredado. Bajo el barro pueden quedar ocultos restos de villas romanas, yacimientos prehistóricos o baños y molinos árabes. La humedad persistente puede acelerar la degradación de retablos en las iglesias, de artesonados y archivos parroquiales o municipales. Las escorrentías pueden desestabilizar murallas de castillos, erosionar conjuntos arqueológicos aceleradamente o afectar a cimentaciones históricas que no fueron construidas para hacer frente a los episodios extremos que hoy día, cada vez se están repitiendo con mayor frecuencia.
El problema no es solo el daño puntual, tras los temporales de agua y viento. El verdadero desafío es una cuestión estructural: el cambio climático está alterando los patrones de precipitación, intensificando fenómenos extremos y sometiendo al patrimonio construido a ciclos de estrés para los que no estaba preparado y colateralmente al patrimonio mueble que este pudiera alberga. Las iglesias de pueblo, muchas de ellas, con cubiertas antiguas, previamente deterioradas, pueden sufrir filtraciones cada vez más severas. Los bienes inmuebles históricos, levantados con materiales tradicionales, experimentan dilataciones, humedades y biodeterioro en contextos cada vez más agresivos.
Por el contrario, rara vez encontramos datos e información tras un episodio de lluvias sobre cómo y cuántos bienes culturales protegidos han resultado afectados, qué afectación presentan o qué medidas de emergencia, protección y tratamiento se han adoptado. El patrimonio histórico y cultural parece quedar relegado a un segundo plano, como si su deterioro fuera menos relevante que el de otros equipamientos o infraestructuras. El patrimonio cultural no es un lujo para unos pocos, es memoria colectiva, identidad compartida y, en la mayoría de los municipios y comarcas, es un importante dinamizador económico y cultural, además de un imprescindible elemento para la sostenibilidad.
Ignorar su vulnerabilidad frente al cambio climático es una forma silenciosa de dejar que se pierda. No se trata solo de restaurar cuando el daño ya es palpable, sino de incorporar la gestión del riesgo en la planificación patrimonial y de emergencias: cartografiar amenazas, analizar los riesgos, evaluar vulnerabilidades, elaborar e implantar planes de emergencia, formar a responsables locales y del patrimonio, concienciar e implicar a la población y destinar financiación específica a la adaptación climática del patrimonio histórico.
Las lluvias recientes deberían servir como llamada de atención. Así como se evalúan los daños en infraestructuras viarias o redes eléctricas, es imprescindible conocer el estado real de nuestros bienes protegidos afectados, porque cada grieta, cada fisura, cada eflorescencia no atendida hoy puede convertirse en una pérdida irreversible para mañana.
Por tanto, en un contexto de emergencia climática, proteger el patrimonio cultural no es una cuestión romántica y ni mucho menos secundaria. Es una responsabilidad pública que exige planificación, transparencia y compromiso desde todos los ámbitos de las administraciones. Nuestro país, atesora siglos de historia en piedra, madera o tapial, su pérdida sería irreparable. Si el clima está cambiando, estamos obligados también a cambiar nuestra forma de proteger, conservar y transmitir nuestro Patrimonio Cultural.
La integración del dato con el análisis es lo que salva vidas
El cambio climático ya está teniendo efectos visibles, entre ellos un aumento tanto en la frecuencia como en la intensidad de las inundaciones. Cada episodio reciente demuestra que contar con pronósticos meteorológicos y sistemas de aviso previo es esencial para la seguridad de la población; sin embargo, estos solo representan un primer nivel de respuesta. Su naturaleza probabilística los hace útiles, pero insuficientes, si no se complementan con un seguimiento continuo y una interpretación experta de la información.
Hoy disponemos de satélites, radares y estaciones meteorológicas que proporcionan datos en tiempo real. Aunque su despliegue aún es limitado para una gestión óptima de emergencias, la información que generan es valiosa cuando se analiza adecuadamente. Sin ese análisis especializado, los datos permanecen como cifras aisladas. Son las y los profesionales quienes convierten esas observaciones en decisiones operativas: activar alertas, reforzar infraestructuras, informar a la población o planificar evacuaciones preventivas.
La diferencia entre un evento controlado y una catástrofe radica en interpretar los datos a tiempo. No basta con prever cuánta lluvia podría caer; es imprescindible evaluar cómo evoluciona realmente la situación y qué significado tiene en cada territorio. Una misma cantidad de precipitación puede pasar desapercibida en un área y causar graves daños en otra. Por ello, la monitorización avanzada debe ir acompañada de equipos capaces de anticipar riesgos de forma precisa.
Es necesario continuar mejorando los sistemas actuales de monitorización mediante sensores automáticos y telemetría continua, y, al mismo tiempo, fortalecer los centros de decisión con profesionales que aporten criterio operativo y capacidad de interpretación. Sus análisis, integrados en modelos hidrológicos y contextualizados según las características de cada zona, permiten una gestión del riesgo realmente eficaz.
No basta con saber qué podría ocurrir: necesitamos comprender cómo nos afectará. Por eso es fundamental integrar predicción, seguimiento en tiempo real y evaluación del impacto como un único proceso de decisión ante posibles inundaciones. El Sistema Nacional de Protección Civil requiere una plena coordinación entre tecnología y conocimiento experto para seguir salvando vidas.
La pirotecnia, la seguridad y la responsabilidad en locales de ocio
El reciente incendio en una discoteca en Crans-Montana (Suiza) con 40 víctimas mortales y 115 personas heridas conmovió al mundo. Pero el problema no es nuevo, ni desafortunadamente será el último. En los últimos años, el uso de efectos especiales y pirotecnia en discotecas y locales de ocio nocturno se ha convertido en una tendencia habitual para atraer al público y diferenciar la experiencia ofrecida. Sin embargo, esta práctica plantea serios riesgos para la seguridad de clientes y empleados, especialmente cuando no se cumplen rigurosamente las normativas de prevención y se descuidan las inspecciones de las condiciones de seguridad. A raíz de diversos incidentes acontecidos, urge abrir un debate y tomar medidas sobre la responsabilidad compartida entre empresarios, autoridades y consumidores.
La pirotecnia aporta un componente visual y sensorial que puede convertir una noche corriente o una celebración en una experiencia memorable. Sin embargo, es fundamental recordar que el fuego y los materiales inflamables no son aliados de espacios cerrados y concurridos. El historial de accidentes graves, algunos de ellos mortales, nos obliga a preguntarnos si el riesgo merece la recompensa y, sobre todo, si se están tomando las medidas adecuadas para minimizar los peligros asociados. ¿Debería permitirse la pirotecnia en interiores? ¿Son realmente suficientes los actuales protocolos de actuación en caso de emergencia?
Más allá del uso de pirotecnia, la composición de los materiales constructivos y los revestimientos decorativos de los locales son un factor crucial para la seguridad. El empleo de elementos ignífugos, la correcta señalización de salidas de emergencia, los medios de extinción adecuados y la periodicidad de las inspecciones son aspectos que marcan la diferencia en caso de incendio.
Las autoridades municipales y autonómicas deben reforzar los controles, agilizar los procedimientos de inspección y asegurar que la normativa se cumple en su totalidad. Los empresarios, por su parte, tienen la obligación ética y legal de priorizar la seguridad ante el espectáculo. La negligencia no puede tener cabida en espacios donde la vida de cientos de personas está en juego.
La seguridad en recintos de ocio cerrados no es solo responsabilidad de los propietarios o de las autoridades. Los consumidores también deben exigir garantías y estar informados sobre las condiciones de los locales que frecuentan. La concienciación y exigencia ciudadana son elementos clave para evitar desgracias.
Por todo ello, es imprescindible fomentar una cultura de prevención y exigir el cumplimiento de las normativas vigentes. Si los Ayuntamientos no pueden realizar estos controles con sus propios medios, deberán ser las Comunidades Autónomas quienes asuman esta función. Solo así podremos disfrutar del ocio con la tranquilidad que todos merecemos. No podemos esperar a que ocurra otra tragedia sin hacer nada.